jueves, 19 de mayo de 2022

Otra versión cubana de la primera versión española sobre la muerte de José Martí. (Parte I)

¿Nicolás Heredia? El autor de esta versión, nacido en Baní el mismo pueblo de Máximo Gómez, que, a pesar de haber militado en el Partido Autonomista en Cuba, se identificaba con el separatismo. Colaboró en el periódico Patria. José Martí le dedicó algunas palabras… “acompañado de su elegante y distinguida esposa, Malvina Crucet, está entre nosotros el señor Nicolás Heredia…”. Al estallar la guerra del 95 y publicar estas crónicas fundamentalmente en “El Fígaro”, las autoridades españolas las suspendieron. En esta versión al final se puede observar la manipulación del contenido del duelo del coronel Sandoval.
Una semana después del combate del Jobito se daba la acción de Dos Ríos, notable por haber perecido en ella don José Martí, Delegado del Partido Revolucionario Cubano y alma del movimiento iniciado el 24 de Febrero. Como hemos dicho, Martí desembarcó con Máximo Gómez en la parte sur de la jurisdicción de Baracoa y desde el instante en que llegó se propuso llevar el fuego de la guerra a Puerto Príncipe, aprovechando para ello la experiencia militar de su compañero, el cabecilla dominicano, que en la anterior campaña había hecho del Camagüey el teatro favorito de sus operaciones. Uno y otro se encontraban cerca de las Ventas de Casanova y, según se ha sabido, Martí, una vez organizada la expedición que al mando de Gómez habría de marchar sobre la provincia de Puerto Príncipe, proponía dirigirse en busca de la costa para embarcar rumbo al extranjero y continuar allí fomentando los intereses de la revolución separatista. En esto, una columna mandada por el coronel Jiménez de Sandoval salió de Palma Soriano para Remanganaguas y se dirigió luego a las Ventas de Casanova. De allí se encaminó hacia el río Contramaestre, apresando en el trayecto a un individuo apellidado Chacón al que ocupó correspondencia
de los rebeldes y también dinero con el cual iba a hacer algunas compras por orden de los jefes insurrectos. Chacón facilitó también varias noticias relativas a la situación de los enemigos y con vista de ellas el coronel Jiménez de Sandoval, el 19 de mayo, dio la orden de marcha llegando hasta la Bija. El escuadrón de Hernán Cortés, guiado por su capitán don Oswaldo Capaz, iba a la vanguardia y acometió a un grupo mandado por el cabecilla Bellito que había salido al paso de la tropa. Enterado de ello el coronel Sandoval avanzó hasta la sabana de Dos Ríos e hizo romperle fuego a la columna. Fue viva la refriega y fatal su resultado para las armas insurrectas, pues al ir el práctico Antonio Oliva en socorro de un corneta el cual estaba rodeado de un grupo numeroso, disparó su rifle sobre un jinete que cayó a tierra, resultando ser José Martí. Continurá…/
Fuente.
1.- Crónicas de la guerra de Cuba. Nicolás Heredia. Academia de Historia de Cuba. Reproducción de la edición de “El Fígaro”, hecha en 1895 y 1896, en dos cuadernos. Págs. 83-85.

La otra versión de Máximo Gómez, sobre la muerte de Martí. (Final)


Al otro día, el 20, mando a mi ayudante Ramón Garriga (¿se acuerdan?, el ayudante de campo de José Martí), con una carta mía al jefe enemigo a indagar si Martí, estaba muerto o vivo con herida grave, o lo que sea. A las 5 de la tarde, Garriga envía noticias esperanzadas de que Martí va herido y bien atendido. El jefe enemigo, coronel Sandoval, deja un papel escrito en manos de la señora Modesta que da a entender que como H.:, de Martí está bien atendido. (H.: símbolo de la Logia masónica), (más tarde Sandoval desmiente que haya sido él quien dejó el papel) El día 21 a las 8 de la mañana, avisos contradictorios de Garriga que no ha podido entrar en Remanganagua, punto a donde entró la columna, pues han estado haciendo fuego–– que Martí es muerto y que separada la cabeza, la reservan (esto nunca ocurrió), y el cuerpo enterrado en el cementerio de aquel poblado. Además, anuncia que se dice por allá que yo quedé mal herido (la versión española dice, “sonó un disparo y se vio al generalísimo Gómez herido en el cuello, caer del caballo que montaba”, y Gómez lo ratifica en la entrevista al New York Herald, en esta versión lo omite) que saldrán mil hombres a atacarnos. Todo eso dice. Se le contesta, que si no le es posible entrar se retire. Avisan de que la columna enemiga se dirige hacia Yaya, 3 leguas de este punto––Las Vueltas. Sale un piquete de caballería al mando del comandante Amador Liens, al encuentro del enemigo, mientras dispongo la marcha del general Masó con su caballería estropeada hacia Bayamo. Dos horas después aviso de que otro enemigo se dirige aquí por distinto punto, mientras mando reconocimientos desfila la caballería y yo me retiro a Sabanilla.
Día 22, acampado, sin novedad y en espera de Garriga, me llega aviso de que se ha encontrado tímido y no se ha atrevido a entrar en Remanganagua, y anda por ahí perdido o extraviado. El día 23, se incorpora este oficial sin haber cumplido su misión, y contando cosas insustanciales.

Fuente.
1.- Diario de campaña del Mayor General Máximo Gómez. La Habana. Ceiba del Agua. 1940. Págs. 336 – 337.

La otra versión de Máximo Gómez, sobre la muerte de José Martí. (Parte I)


La primera versión, tal parece que era de carácter internacional por haberla dado al periódico el Heraldo de Nueva York, ésta debió pensarla para consumo nacional, para los cubanos, así quedó en su Diario de Campaña.
El día 19 de mayo de 1895, a la Vuelta Grande, en donde encuentro al general Bartolo Masó con más de 300 jinetes ––y Martí y mis ayudantes. Pasamos un rato de verdadero entusiasmo. Se arengó a la tropa y Martí habló con verdadero ardor y espíritu guerrero, ignorando que el enemigo venía marchando por mi rastro y que la desgracia preparaba a nosotros y para Martí, la más grande desgracia. Jamás me he visto en lance más comprometido–– pues en la primera arremetida se barrió la vanguardia enemiga, pero enseguida se aflojó, y desde luego el enemigo se hizo firme con un fuego nutridísimo. Cuando supe eso, avancé solo hasta donde pudiera verlo. Esta pérdida sensible del amigo, del compañero y del patriota, la flojera y poco brío de la gente, todo eso abrumó mi espíritu a tal termino, que dejando algunos tiradores sobre un enemigo que ya de seguro no podía derrotar, me retiré con el alma entristecida. ¡Qué guerra esta! Pensaba yo por la noche, que, al lado de un instante de ligero placer, aparece otro de amarguísimo dolor. ¡Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma podemos decir del levantamiento!...
Cuando Martí cayó, me había abandonado y se encontraba solo, con un niño que jamás se había batido, Miguel (sic) de la Guardia. (Se refiere a Ángel de la Guardia que no era tan niño, tenía 20 años). Y esto no obstante que cuando ya íbamos a enfrentarnos con el enemigo, le ordené que se quedase detrás, pero no quiso obedecer mi orden y no pudiendo yo hacer otra cosa, que marchar adelante para arrastrar a la gente, no pude ocuparme más de Martí. A poco me encuentro casi solo, a 50 varas del enemigo por nuestro flanco izquierdo, y dirigiéndome al centro encuentro a Guardia que se retiraba con su caballo herido (el de Martí) y me da la triste noticia de Martí muerto o herido. Continuará…/

Fuente.
1.- Diario de campaña del Mayor General Máximo Gómez. La Habana. Ceiba del Agua. 1940. Págs. 335 - 336.

El efecto Fernandina.

Así eran los titulares de la prensa en aquella época, desde el mismo 12 de enero de 1895 hasta finales de dicho mes. The Sun. “Incautación de Lagonda”. Fernandina, Fla. Ene.13. –– N. BORDEN, el vicecónsul británico en este lugar, quien fletó al Señor Mantell el yate a vapor Lagonda. The New York Time. “El Lagonda sigue detenido”. Se han sustraído de la bahía del vecindario, tres cajas de armas del yate sospechoso. El New York Herald. “En una expedición de filibusteros”. Funcionarios del Departamento del Tesoro al acecho del Lagonda y Amadís. Savannah Morning News. “Fin del miedo al filibustero”. Los funcionarios aún no han encontrado rastros de José Mantell y su amigo Mirandi. The World. “Lagonda fue registrado”. Aduaneros lo abordan en Fernandina y buscan armas. Veinte cajas sospechosas han sido encontradas. The Charleston News & Courier. “Una expedición cubana”. Fernandina se encuentra en estado de conmoción por la llegada de una embarcación sospechosa a ese puerto. The Florida Times Union. Jacksonville, Fla. “El lío de Fernandina”. Últimos acontecimientos en el asunto de la incautación de yates. El Baracoa llega puntualmente. Y es registrado a fondo por los oficiales de aduanas.
Así estaban las cosas entre la prensa de la época. Algunos periódicos mostraron dibujos de Martí, y de cada uno de los barcos involucrados en este hecho. Otros destacaban la cacería de los oficiales del Departamento del Tesoro en la búsqueda de José Mantell, quizás Enrique Loynaz tenía razón de que el primero fuera el seudónimo de Manuel Mantilla, el hijo de Carmen, por la ingeniosa combinación fonética de la palabra mantel con mantilla. O ninguno de los dos seudónimos correspondía a Martí porque el otro Mirandi o Miranda, correspondía al coronel Patricio Corona*, (el que más tarde de un tiro “escapado” mató al patrón de la goleta “Honor” en la que desembarcó bajo el mando de Antonio Maceo y Flor Crombet). Sea uno u otro, el plan fue genialmente concebido. Visto así no da la dimensión de lo que se hizo. Un hombre enfermo, que, con los zapatos desfondados en la nieve, movía miles y miles de dólares en la renta de barcos y en la compra de armas, burlando los cuerpos de inteligencia de dos potencias, prácticamente con dos ayudantes. Que, con pluma y papel mediante un correo ordinario, y su verbo, puso de acuerdo a dos generaciones de cubanos para iniciar la guerra de independencia. El coronel Collazo definía a Martí, como, “la única persona que representaba la Revolución naciente; los demás eran instrumentos que el movía; Benjamín Guerra era la caja; Gonzalo de Quesada era parte de su cerebro y de su corazón; pero en realidad era su discípulo. Martí lo era todo, y ese fue su error, pues por más que se multiplicaba era imposible que lo hiciera todo el solo”. Hasta después del fracaso no dejó de ser un plan genial, porque la inmediatez de la prensa exacerbó el ánimo de un exilio fatigado, que con fervor revolucionario engrosó las filas del Ejército Libertador.
Fuente.
1.- Periódicos de la época.
2.- El Libro Cuba independiente. Enrique Collazo. Habana. 1900. Pág. 52
(*).- El plan de Fernandina y los espías del diablo. Nydia Saravia. Anuario del centro de estudios 5/1982. Pág. 205.

El plan de Fernandina de José Martí.

Y llegó Fernandina. ¿Qué era Fernandina? Un pueblo en el mismo límite entre los estados de Georgia y el de la Florida, en el litoral este de los Estados Unidos, su nombre honraba al rey Fernando VII. El plan de José Martí, desde octubre de 1894 hasta el día 12 de enero de 1895, debió su nombre a este puerto donde se habían fletado los dos veloces yates Lagonda y Amadís a N. B. Borden, vicecónsul inglés y español, comerciante y embarcador de maderas.
Tres expediciones para comenzar la guerra de independencia, tres barcos, el vapor Lagonda, yate, propiedad del reverendo William L. Moore, de Nueva York, con aparejo de goleta, casco de madera, 139 pies de eslora, y 120 toneladas de desplazamiento, y era mandado por el capitán Griffing, en el que zarparían hacia Cuba Antonio Maceo y Flor Crombet. El vapor Amadís —yate, propiedad de George H. Kimball, de Cleveland, Ohio, construido en 1893 de 100 pies de eslora, 85 toneladas de desplazamiento, 11 nudos de velocidad, y que estaba bajo el mando del capitán David Weed, el que ocuparían los mayores generales Carlos Roloff y Serafín Sánchez. Y el vapor de carga Baracoa propiedad de Harloff y Boe, de Bergen, con casco de hierro, 380 toneladas de desplazamiento y bandera noruega, dedicado al transporte de frutas y bajo el mando del capitán Salmón Clauser, en el que viajarían Martí, Gómez, el coronel Mayía Rodríguez y el comandante Enrique Collazo. Un Mr. D. E. Mantell, el seudónimo de Martí en esos momentos, (Loynaz dice que era el de Manuel Mantilla*), quien lo organizara y lo dirigiera todo. Una indiscreción del coronel Fernando López de Queralta. Un espía (Lico) Manuel Cardet Grave de Peralta, teniente del Cuerpo de Guerrillas en el poblado de Jamaica, en Guantánamo, por quienes se perderían unos 300 rifles Winchester, 300 fusiles Remington de repetición, 100 revólveres Colt, municiones, centenares de machetes Collins, cantinas, cinturones, hules, frazadas y gorras. El 12 enero de 1895, el puerto de Fernandina era un hervidero de agentes federales, de policías, y espías. El dinero ahorrado con grandes sacrificios por los obreros tabaqueros del Cayo, Tampa, Ocala, Nueva York, Filadelfia, etcétera, se había ido a bolina. El caso de Fernandina era considerado un delito federal. En la casa del doctor Ramón L. Miranda vivió Martí escondido la mayor parte del tiempo hasta el 30 de enero de 1895, su salida para Haití, pues evitaba la vigilancia y persecución de los espías y de la policía al servicio de España y de los Estados Unidos. Martí y Gonzalo de Quesada ocuparon un carruaje cerrado que, situado en la acera de la casa, les esperaba, y con las debidas precauciones no se detuvieron en ningún lado y ambos se dirigieron al muelle donde estaba atracado el vapor Athos, de la línea Atlas, hacia Cabo Haitiano, a fin de reunirse con el general Máximo Gómez. El fracaso del Plan de Fernandina lo dejó sin otra opción.
Fuente:
1.- El plan de Fernandina y los espías del diablo. Nydia Saravia. Anuario del centro de estudios 5/1982.
2.- El Libro Cuba independiente. Por Enrique Collazo. Habana. 1900.
(*) Memorias de la guerra. Enrique Loynaz del Castillo. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana 1989. (Manuel Mantilla era el hijo de Carmen, hermano de la hija de José Martí, quien tuvo una participación destacada en dicho plan).

El intento de asesinato a José Martí. Final.

Los hechos del atentado sucedieron en la fonda de la “casa del humilde tabaquero negro Ruperto Pedroso, en Tampa donde Martí se hospedaba, cuando visitaba esa localidad en viaje de propaganda revolucionaria” (1). Paulina Pedroso llevaba el apellido de casada, pero sus apellidos de soltera eran Hernández Hernández. Nació esclava, el 10 de abril de 1855, dos años después que Martí, en Consolación del Sur, Pinar del Río. Sus padres eran esclavos y pudieron comprar su libertad. Ella pudo viajar a Tampa donde conoció a su esposo. La casa de los Pedroso se convirtió en un refugio y siempre que el Maestro se hospedaba, en la parte exterior de la casa ondeaba la bandera cubana, y por las noches los cubanos formaban grupos afuera para protegerlo, mientras él permanecía escribiendo en la habitación hasta a altas horas de la noche. La casa de Pedroso estuvo situada donde hoy en día radica un parque en el condado de Hillsborough, en la intersección de East 8th Avenue y North 13th Street.
El modus operandi del atentado a Martí, posee cierta similitud al sufrido por el general Vicente García González, en Río Chico, Venezuela, según la versión de su hija, asesinado por un español que le proporcionó vidrio molido en una comida, el 4 de marzo de 1886.
Hasta los Papas empinaban el Mariani, una bebida que contenía vino de Burdeos y extractos de la hoja de coca, creada en 1863 por Ángelo Mariani (inspirado por el “elixir de coca Lorini” creado en 1860), quien la promovía atribuyéndole una gran cantidad de propiedades terapéuticas. La bebida gozó de gran popularidad entre artistas e intelectuales europeos de la época. Algunos afirman que los Papas Pío X y León XIII fueron especialmente entusiastas del tónico. La mezcla de alcohol etílico y cocaína que contenía la bebida producía un efecto estimulador del sistema nervioso central similar al de la cocaína sola, pero que se veía potenciado por la generación en el hígado de un tercer compuesto llamado etilencoca, producto de la reacción entre un metabólico de la cocaína y el etanol (2).

Fuente:
1.- Revista Bohemia. Año 44. No. 10. La Habana, 9 de marzo de 1952.
2.- Traducción de la página 553. The Illustrated London News, del 30 de abril de 1892.
3.- Paulina Hernández: la consolareña que cuidó a Martí. Por Teresa Fernández Soneira. Convivencia. No.74. Año XIII, marzo - abril del 2020. Págs. 22 - 27

El intento de asesinato a José Martí. (Parte I)

Dos cubanos, uno blanco y el otro negro, autores materiales del atentado por envenenamiento a José Martí, quien los había acogido como ayudantes personales ante la insistencia de ellos. Sucedió el 16 de diciembre de 1892, cuando regresaba a Tampa junto a José Dolores Poyo, después de efectuar algunos trabajos con los clubes patrióticos. Martí estaba apercibido porque, “un español llano, amante de la justicia y de la libertad, confidencialmente informó a los patriotas cubanos que el gobierno de Madrid daba una suma para que lo asesinaran” (1).

Más tarde cuando Enrique Collazo visitaría a Martí en los momentos del fracasado Plan de Fernandina, lo describiría así, “vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropa; dormía en el hotel mas cercano del punto donde lo cogía el sueño; comía donde fuera mejor y más barato; ordenaba una comida como nadie; comía poco ocasionada; días enteros se pasaba con vino Mariani” (2). Y fue este tipo de vino el que contenía el veneno, y esos individuos los que le insistieron lo tomara, mientras comía en Tampa. En el primer y único sorbo, Martí, “escupió el trago, fue atendido de inmediato por el médico cubano Miguel Barbarrosa, que lo hizo vomitar para limpiar el estómago. Las secuelas de la porción de ácido finalmente ingerido le harían daño por meses. El intento de asesinato fue seguramente pagado por intereses integristas. Para esa fecha, las actividades de Martí eran estrechamente vigiladas por la Inteligencia militar española, y por compañías (privadas) como Pinkerton National Detective Agency y Davies Detective Agency. Pueden leerse hoy reportes de gastos en detectives de la Pinkerton que consignan, por ejemplo, los del agente «E.S.»: «Una botella de vino para la cena, para Martí, Mantilla y para mí, en busca de información: 0,75 ctvs.»”(3).
Del hombre blanco no se sabe nada, “el segundo era Valentín Castro Córdova, matancero, de 24 años de edad. Dos días después del fallido intento, Castro se reunió con Martí. Si bien amigos del líder lo hubieran linchado, Martí habló unas horas con el joven. La memoria oral cuenta que, tras escucharlo, Castro salió llorando“(4).
Lo insólito es que Martí, meses más tarde, se lo explica en dos cartas a Serafín Sánchez, y que el susodicho Valentín Castro Córdoba, acompañara a Serafín el 7 de julio de 1895 al salir de Pine Key, Florida, en una expedición donde el general viajaba como segundo jefe en el vapor James Woodall, junto al también general Carlos Roloff, jefe de los ciento y tantos hombres que el día 24 de julio del mismo año, desembarcaría por la playa de Tayabacoa, límite entre las jurisdicciones de Trinidad y Sancti Spíritus. Según investigaciones Castro Córdoba alcanzó los grados de comandante mambí. Continuará…/
Fuente:
1.- Revista Bohemia. Año 44. No. 10. La Habana, 9 de marzo de 1952.
2.- Cuba independiente. Enrique Collazo. Habana. 1900. Págs. 51 y 52.
3.- José Martí, hierro y fiebre. El estornudo. Por Julio Cesar Guanche. Enero 28 del 2020.
4.- José Martí, hierro y fiebre. El estornudo. Por Julio Cesar Guanche. Enero 28 del 2020.

Otra versión cubana sobre la muerte de José Martí. (Final)


De aquel sitio fuimos a ocupar una posición donde, según el práctico, podíamos interceptar la marcha de regreso a sus cuarteles de la columna española y rescatar a Martí (seguramente que ya el General en Jefe no abrigaba duda de que había caído en poder del enemigo); pero cuando llegamos, aquella había pasado. Volvimos entonces al lugar donde se había efectuado el combate y se confirmó la desconsoladora verdad. Allí una señora le entregó al general Gómez un papel escrito y le trasmitió un mensaje verbal de unos de los jefes de la columna, según el cual ésta conducía a Martí gravemente herido y ofrecía que en caso que se restableciera lo reintegrarían a nuestro campo. No sé si el General pudo darle crédito a una promesa tan inverosímil, pero le oí exclamar:
—Quién sabe, estos jefes españoles suelen ser caballeros.
El papel tenía el signo masón de Rosa Cruz y escritos paralelamente los nombres de Sandoval-Martí, con lo que se quiso hacer creer que era del jefe de la columna enemiga Ximénez de Sandoval, quien más tarde lo desmintió.
Tal fue la acción de Dos Ríos: una escaramuza, un episodio insignificante en el gran drama de la guerra, si la muerte de Martí no le hubiese dado tan enorme trascendencia. De trescientos y tantos jinetes de que constaba nuestra fuerza, solamente tomaron parte en el combate cincuenta o sesenta, los que constituían el centro de la columna, llevado personalmente por el General en Jefe. Del resto que quedara en la margen opuesta del río, si algunos más lo llegaron a pasar, no tuvieron tiempo para entrar en función. Nuestras bajas se redujeron a un muerto y tres heridos, si bien de estos últimos uno, el coronel Bellito, murió más tarde.
Concluida de manera tan infeliz para nosotros aquella jornada, abandonamos el campo de Dos Ríos, nuevo Gólgota, desde entonces y para todas las generaciones de cubanos unido a la memoria de Martí.
Atardecía cuando llegamos a acampar otra vez, agobiados por el peso de aquel infortunio. Nadie ahora cantaba, nadie reía. Nuestras tropas, de sólito tan jacarandosas y dicharacheras, se mostraban entristecidas, y, formando aquí y allá distintos grupos, comentaban con dolorido acento la muerte del Presidente, que así, espontáneamente, habían dado en llamarle. Llegó la hora de la queda. El toque de silencio de aquella noche tuvo, para los que allí nos congregábamos, toda la solemnidad y toda la aflicción de un De Profundis.

Fuente:
Mis primeros treinta años. General Manuel Piedra Martel (coronel del Ejército Libertador) Ayudante de Campo de Antonio Maceo. La Habana. 1943
Pág. 154

viernes, 13 de mayo de 2022

Otra versión cubana sobre la muerte de José Martí. Parte V

Yo no llevaba armas de ninguna clase, pues todavía no se me había presentado la ocasión de quitárselas al enemigo. Aquel mi compañero del momento era un vizcaíno, uno de esos soberbios tipos vascongados, de facciones enérgicas y de recios músculos. Estaba muy excitado y le gritaba a los españoles:
—Salir limpio peleando, españoles; salir limpio peleando.
Lo que en verdad resultaba una ironía, porque éramos nosotros y no ellos los que estábamos enmatojados. En esto alcanzamos a ver, un poco a nuestra derecha y por entre unos ramajes, la bandera cubana, y nos dirigimos hacia allí. El abanderado, Carlos Bertot, estaba completamente solo en una pequeña campa con nuestra enseña desplegada, no obstante, la frecuencia conque las balas le ronroneaban al oído, íbamos a continuar a reunimos con el número de los nuestros cuando apareció Celedonio Rodríguez, diciéndonos al pasar:
—Creo que a Martí lo han muerto.
Y seguidamente llegó el general Masó, diciéndonos lo mismo; segundos después vimos a Ángel de la Guardia que, saliendo de un poco más a nuestra izquierda, nos dijo:
—Creo que a Martí lo han matado.
—¿Dónde cayó? —le pregunté.
—Por allá—me dijo, señalando con la mano.
—¿Tú lo viste caer? —volví a preguntarle.
—Estábamos juntos—me respondió.
—¿Y cómo lo dejaste? —le interrogué de nuevo.
—Traté de echármelo a cuestas, pero no pude—me contestó.
Inmediatamente vimos venir al general Gómez seguido de Paquito Borrero y las demás gentes, ya en retirada. Poco después hicimos alto en un limpio del terreno, donde los generales Gómez, Masó, Paquito Borrero y demás principales jefes deliberaron unos cuantos minutos. Cuando, sin conocer yo el resultado de sus deliberaciones, vi que íbamos a proseguir la retirada, le dije al general Masó que tal vez Martí no estuviera muerto, sino herido y dentro de algún maniguazo; que si nos marchábamos dejándolo, el enemigo, al reconocer, como es de costumbre, el campo donde se había librado la acción, se iba a apoderar de él; y señalándole a un joven oficial —Ramón Garriga—, que por haberlo visto yo siempre al lado de Martí lo creía su ayudante, le propuse que nos dejara a los dos allí para registrar la manigua. El general Masó me contestó con acento de autoridad:
—Eso se hará cuando se pueda y se ordene.
Continuará…/
Fuente:
Mis primeros treinta años. General Manuel Piedra Martel (coronel del Ejército Libertador) Ayudante de Campo de Antonio Maceo. La Habana. 1943
Págs. 153 y 154

Otra versión cubana sobre la muerte de José Martí. Parte IV

Cruzado el Contramaestre por aquel lugar, el camino que había que seguir para llegar al sao de Dos Ríos entraba muy angosto, por una finca llamada Casa de Pacheco, entre un monte firme y una alambrada a nuestra izquierda, y altos y tipos maniguazos con algunos árboles a la derecha. Por allí siguieron galopando los jinetes del centro de nuestra columna, con el General en Jefe al frente. Tropezaron con una guardia enemiga dentro de unos matorrales y la aniquilaron en un momento; pero al desembocar en el espacio limpio que se extendía delante de la casa de vivienda de Pacheco, se encontraron con toda la columna española, ya prevenida por los disparos hechos por su guardia avanzada. El orden de batalla de los españoles era el escalonamiento por compañías, estando el primer escalón apoyado por su izquierda en la margen del río, y los demás, reforzándose uno a otro en línea oblicua, prolongaban el frente a la derecha.
Recibidos nuestros jinetes con vivísimo fuego de fusilería, fueron contenidos dentro de las maniguas, donde algunos echaron pie a tierra para combatir como dragones. Parece, que fue este el momento en que Martí, acompañado de Ángel de la Guardia, se adelantó fuera de los abrigos que ofrecían los matorrales hasta aproximarse a la casa de Pacheco, o hasta llegar a ella tal vez, cayendo mortalmente herido de un balazo, y resultando también herido el caballo que montaba Ángel de la Guardia.
Una vez que hubimos cruzado el Contramaestre, el general Masó me ordenó permanecer en la orilla para que procurara acelerar la marcha de las fuerzas quedadas del otro lado. Obedecí de mal talante dicha orden, porque, impaciente como me encontraba por recibir mi bautismo de fuego, se me figuraba que si no marchaba de los primeros no iba a tener oportunidad de entrar en aquella ocasión en combate. Por otra parte, la medida resultaba nula porque, careciendo aún de jerarquía militar alguna, no tenia yo autoridad para mandar a nadie, y porque de lo que había necesidad era que en la opuesta orilla hubiera quien ordenase las gentes de modo que entraran poco a poco en el río, y no todas a la vez, como querían hacerlo, arremolinándose en el estrecho vado. No obstante, trataba de llenar mi cometido voceando constantemente.
En esto oí los primeros disparos y, sin poder contenerme, piqué el caballo y, acompañado por otro jinete que acababa de juntárseme, penetré a riendas sueltas en el enmaniguado polígono. Mas en el primer instante no acertamos mi compañero y yo a tomar exactamente la misma dirección que habían seguido los demás, sino que, costeando el monte y la alambrada, y por dentro de los maniguazos que nos impedían la vista y dificultaban el paso a nuestras cabalgaduras, fuimos a dar contra los escalones centrales de la columna enemiga, y un enjambre de proyectiles nos acogió con siniestro silbido. Retrocedimos algunos pasos, y desde la manigua mi compañero se puso a hacer fuego con un revólver Lefaucheux. Continuará…/
Fuente:
Mis primeros treinta años. General Manuel Piedra Martel (coronel del Ejército Libertador) Ayudante de Campo de Antonio Maceo. La Habana. 1943
Pág. 152

Otra versión cubana sobre la muerte de José Martí. Parte III


—Conste que por Cuba estoy dispuesto a que me claven en la cruz.
El discurso de Martí nos enardeció sobremanera. Y hallándonos todavía bajo la influencia de su palabra de fuego se oyeron unos tiros, y seguidamente llegó al campamento un ranchero, anunciando que los disparos habían sido hechos a él por una tropa española que se dirigía hacia Vuelta Grande.
Eran alrededor de las once de la mañana. A la voz del general Gómez todos montamos presurosos a caballo y salimos tras él a galope, en la dirección que había dicho el ranchero que traían los españoles. Era de conjeturar que éstos venían sobre el rastro que pocas horas antes dejaran el general Gómez y los treinta y tantos hombres que lo habían seguido por el rumbo de Ventas de Casanova, en cuyo caso debía ser por la margen izquierda del Contramaestre.
Instantes después de haber emprendido la galopada, habiendo oído Martí que yo le decía a Ángel de la Guardia: -—Por fin ha llegado el momento que tanto hemos deseado—, se volvió a mí preguntándome: —¿De verdad, usted se alegra? Y como yo le contestara afirmativamente, diciéndole que iba a ser aquella mi primera prueba, repuso: —Bueno, pórtese bien.
El terreno por este lado del río es llano y despejado, propio para los movimientos de la caballería, y continúa así hasta algo más allá de Dos Ríos, donde se ensancha en un sao (*). Aquí deseaba encontrar el general Gómez al enemigo, como el sitio más adecuado para cargarlo con el mayor número posible de aquellos trescientos y tantos jinetes que constituían nuestras fuerzas. Pero habiendo recorrido toda la distancia, algo más de una legua, que separaba nuestro campamento del mencionado sao, sin encontrar a los españoles, y suponiendo que éstos hubiesen pasado a la otra margen del río, también lo cruzamos nosotros, siempre con el propósito de librar la acción en el sitio designado. En el orden de marcha que traíamos, el general Gómez estaba en el centro con Martí, los generales Masó y Paquito Borrero y la mayor parte de los demás jefes, formando un grupo de cincuenta a sesenta entre todos. El primer vado (**), que encontramos había sido rehusado por la vanguardia, porque al práctico que la guiaba le pareció peligroso, teniendo en cuenta que el río estaba muy correntón en aquellos momentos, a causa de recientes lluvias. Pero, no juzgándolo de la misma manera el general Gómez, se lanzó por allí con el centro de la columna, mientras la cabeza de la misma, a la cual se le había ordenado retroceder, se hallaba aún distante, y su cola o retaguardia no había llegado; de manera que sus distintos elementos de marcha quedaron desarticulados, de este modo: el centro, del lado allá del río, y la vanguardia y la retaguardia, del lado de acá. Continuará…/
(*) Sao: Sabana pequeña con algunos matorrales o grupos de árboles.
(**) Vado: Lugar de un río con fondo firme, llano y poco profundo, por donde se puede pasar andando, cabalgando o en algún vehículo.
Fuente:
Mis primeros treinta años. General Manuel Piedra Martel (coronel del Ejército Libertador) Ayudante de Campo de Antonio Maceo. La Habana. 1943
Págs. 150 y 151.

viernes, 22 de abril de 2022

Otra versión cubana sobre la muerte de José Martí. Parte II


La mísera bujía (vela), desde el ángulo en que ardía, le enviaba oblicuamente su mortecina luz, que, proyectando su silueta hacia el lado opuesto, la recortaba en la pared, dándole la apariencia de una figura cinemática.
Confieso que aquella extremada movilidad me produjo desazón y desencanto; que me impresionó desfavorablemente respecto al carácter de Martí, sospechando—perdóneseme el pecado de tal sospecha—que tanta agitación era estudiado cálculo y teatralidad. Pero este juicio, formado sin antecedentes y a prima facie, fue pronto y cabalmente rectificado, y pocas horas después me hallaba convertido en uno de los más devotos y entusiastas admiradores de aquel hombre excepcional.
Momentos después de haber acampado nosotros allí llego también el general Máximo Gómez, quien no había encontrado al enemigo.
Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador en la nueva guerra que comenzaba, había ocupado en la anterior los más elevados puestos de la milicia cubana, debido a su pericia y valentía, y librando las más grandes y gloriosas batallas de aquella contienda. Militar de experiencia y de genio, fue el primero en comprender el método de guerra que debíamos emplear, dadas nuestras condiciones y recursos; y fue el precursor de aquella táctica incontrarrestable de los cubanos, en la que se aunaban, según las circunstancias, la audacia de Aníbal y la prudencia de Fabio.
El general Gómez había desembarcado en Cuba por Sabana la Mar (Baracoa) el 11 de abril de 1895, junto con Martí y cuatro compañeros más, entre ellos los generales Ángel Guerra y Paquito Borrero. Representaba el "Generalísimo", en aquella época, de 58 a 60 años de edad. Era, en relación con los hombres nacidos en las Antillas, de estatura sobre mediana y de recia constitución. Su cuerpo, delgado, de carnes enjutas, nervudo y ágil, dijérase formado de filásticas de acero. Sus facciones eran pronunciadas y enérgicas. La frente, en armonía con el volumen de la cabeza y del tórax, era ancha, y la sombreaban algunos pliegues horizontales. Un espeso bigote le cubría los labios, y una tupida barba, cortada en punta, le ocultaba el mentón. Sus ojos eran pequeños, pero vivos y luminosos, de penetrante, de acerado mirar. El timbre de su voz era claro y agradable, pero hablaba siempre y en toda circunstancia con acento breve y autoritario, como una anticipada negación del derecho a la réplica. Era muy celoso de la disciplina, virtud militar ésta que, aunque él mismo
no siempre practicaba, no se le habría podido regatear la facultad de exigirla en los demás si, poco ponderado de carácter, propenso a la irascibilidad, como era, no hubiese interpretado con frecuencia a su capricho los deberes de la subordinación y, juzgando sin ecuanimidad las contravenciones a la misma, impuesto castigos y correcciones arbitrarios, tales como dar de planazos y meter en el cepo a oficiales y soldados sin discriminación, procedimientos que eran atentatorios a la dignidad de los primeros y en general de todo el ejército. Continuará…/

Fuente:
Mis primeros treinta años. General Manuel Piedra Martel (coronel del Ejercito Libertador) Ayudante de Campo de Antonio Maceo. La Habana. 1943
Págs. 147 y 148.

Otra versión cubana sobre la muerte de José Martí. Parte I


Les aseguro que no muerde, aunque este libro haya sido uno de los más consultados, también es uno de los menos citados por un sin fin de historiadores cubanos.
El día 18, ya oscurecido, llegamos a La Bija, donde encontramos a Martí. El Maestro se encontraba solo, custodiado por unos cuantos hombres como escolta. El general Gómez se había separado aquella misma mañana con el resto de las fuerzas—en total cuarenta individuos—, con el propósito de hostilizar a una columna española que, según confidencias, debía pasar por Ventas de Casanova, conduciendo un convoy de aprovisionamiento de Palma Soriano a Jiguaní. La Bija era un sitio de labor que, por carecer de pastos, no ofrecía condiciones para que en él pudiera acampar una fuerza de caballería relativamente numerosa como era la nuestra. En tal virtud, en las primeras horas de la siguiente mañana nos trasladamos a un potrero próximo, llamado Vuelta Grande.
No fue sino hasta aquella mañana que, no habiendo tenido antes ocasión de acercármele y verle a plena luz, pude yo examinar la fisonomía de Martí. La última noche había sido oscura y el bohío aquel de La Bija sólo estaba alumbrado por la llama de una vela de cera que, fijada en un rincón del mismo, dejaba en confundible penumbra a todos los que allí nos cobijábamos. Por otra parte, Martí y Bartolomé Masó, apenas reunidos se habían apartado un tanto del resto del grupo, y, acomodados en sendos taburetes de cuero, hablaban entre si.
A la distancia a que los demás nos encontrábamos de ambos personajes, sus palabras se hacían ininteligibles y únicamente percibíamos el timbre de la voz de Martí, y en ocasiones también estos tres monosílabos que parecía tener el hábito de emplear al final de cada frase, como en demanda de aprobación de la misma, o a guisa de muletilla: "Si, ¡eh!, ¿no?; si, ¡eh!, ¿no?"
Martí hablaba mucho y de prisa, como quien necesita expresar muchas ideas en poco tiempo. Y no se estaba quieto un segundo. Tan pronto se ponía de pie como se sentaba, unas veces de cara a Masó, otras dándole su costado derecho, otras el izquierdo; ya acercaba el taburete, ya lo retiraba, y a ratos lo volvía con el espaldar hacia su interlocutor y se ponía a horcajadas frente a él. Continuará…/

Fuente:
Mis primeros treinta años. General Manuel Piedra Martel (coronel del Ejercito Libertador) Ayudante de Campo de Antonio Maceo. La Habana. 1943
Págs. 146 y 147.

Las hojas arrancadas al Diario de Martí, no están perdidas.


Son pocas las personas que conocieron lo escrito por Martí en su Diario de Campaña, al que Máximo Gómez le arrancó las seis hojas. “¿Qué dirían las hojas arrancadas al Diario de Campaña de Martí? ¿Qué dirían esas hojas? Eran seis pliegos––le dice Ramón Garriga al Dr. Roberto López Goldarás, periodista del Diario de la Marina, –– los que escribió Martí, en la Jagua, el día 6 de mayo (1895). Claro que en dichos pliegos contaba la entrevista de la Mejorana”.
“Ramón Garriga recuerda que al día siguiente de la muerte de Martí él le entregó a Máximo Gómez el Diario de Campaña, completo, sin faltarle un pliego. Allí estaban las hojas del día seis, agrega. Yo las vi cuando las escribió. Yo guardaba el Diario en mis alforjas. Cada vez que Martí me lo pedía, se lo entregaba. Gómez lo recibió completo de mis manos. Y de las cosas de Martí, me dejó el machete y los cubiertos de campaña, que me acompañaron durante toda la guerra, y aún los conservo”.
“Espero que algún día aparezcan las hojas. Gómez pudo ordenar que se guardaran por algún tiempo”.

EL ENCUENTRO CASUAL CON LAS TROPAS DE MACEO.

Al día siguiente, 6 de mayo en que Martí escribió con amargura detalles de la entrevista––ya en las páginas del día cinco dejó constancia de ello––, como por casualidad el grupo de Gómez y Martí cayó de lleno en el campamento de Maceo, que tenía situadas a sus gentes a dos kilómetros de distancia, en Majaguabo.
El general Antonio Maceo, mandó formar la fuerza y presentó al General en Jefe Máximo Gómez y al Delegado José Martí, nos dice Ramón Garriga.
Y Martí, entonces, desde su caballo blanco, pronunció uno de los más bellos discursos de su vida. Como fondo de Majaguabo, una hilera de montañas. A ellas hizo alusión el Maestro de la Libertad. Hacia ellas vamos para buscar la redención, exclamó José Martí, según recuerda Garriga.

Tomado del Diario de la Marina, domingo 22 de febrero de 1948.

lunes, 18 de abril de 2022

¿Qué pasó en la Mejorana?

¿Cómo fue en realidad la entrevista de La Mejorana? –– quien así pregunta, es el Dr. Roberto López Goldarás, periodista del Diario de la Marina, a Ramón Garriga y Cuevas, ayudante de campo de José Martí y custodio de su Diario de Campaña. Acaso sea este el punto más discutido de la Historia de Cuba. Los distintos autores no se han puesto de acuerdo. Sobre este punto, acaso el más importante, queremos arrancar a Ramón Garriga toda la verdad, queremos esclarecer este punto, envuelto aún en claroscuro de nuestra Historia. La entrevista–– nos cuenta Garriga–– se desarrolló en la casa de la colonia de caña de La Mejorana, la casa de don Germán Álvarez. Solo participaron de ella Martí, Gómez y Maceo. Ellos estaban en el aposento, en la sala. La casa era amplia, con cuatro habitaciones. Un hermoso patio al fondo, donde había un framboyán. A la sombra del mismo tuvo lugar después la comida de un grupo de oficiales de los Estados Mayores. Al frente de la casa, bellos tamarindos.
En la parte del fondo hizo guardia durante la entrevista César Salas, joven espirituano que desembarcó en Playitas con Gómez y Martí. Y al frente de la casa hizo guardia el ayudante de Martí, Rafael Garriga, nuestro entrevistado. Garriga nada oyó de la entrevista. Pero le decimos, ¿no es cierto que hubo una pugna entre Martí y Maceo? ¿No dice Martí algo de eso en su Diario de Campaña? ––Bueno, eso, lo que dice Martí, todo es verdad. Pero yo como Libertador no puedo hablar de eso. Pero Martí, insistimos, habla de una indiscreta y forzada conversación a mesa abierta” ––Bueno después se reunieron a almorzar bajo el frondoso framboyán. Pero eran solo unas 18 personas. Algunos altos oficiales de los Estados Mayores y don Germán Álvarez, el administrador de la colonia La Mejorana. Recuerdo que allí estaban, junto a las tres grandes figuras de nuestra Historia, los generales José Maceo, Paquito Borrero, Ángel Guerra, Jesús Rabí, Alfonso Goulet, que murió en Peralejo y el coronel Palacio, ayudante de José Maceo. Luego precisa más: la forma en que estaban sentados los jefes principales: Maximino Gómez, al centro, a su derecha José Martí, José Maceo, a la izquierda de Antonio Maceo, Paquito Borrero y al lado Rabí. La verdad––nos dice después––es que Antonio Maceo quería que Martí embarcara por las minas de Juraguá, al sur de Santiago de Cuba, lugar donde actuaba de médico el doctor Joaquín Castillo Duany, (Aquí hace un paréntesis para señalarnos que era imposible, como algunos han querido hacer ver, que Castillo Duany asistiera a la reunión de La Mejorana, cuando al celebrarse la misma, no se había sumado a la revolución). Pero Martí sostuvo en La Mejorana––nos cuenta Garriga que él se embarcaría, pero que antes deseaba entrevistarse con el general Masó y con el Marqués de Santa Lucía. Cuando volvemos para obtener detalles concretos sobre las frases cruzadas entre Martí y Maceo, Ramón Garriga nos expresa: ––Bueno, no es como algunos han dicho. Aquellos eran generales, que se respetaban. Hubo––si––discrepancias de criterio. Y ello sin duda se debía a cuestión de celos de Maceo con Flor. Parece––continuó informándonos Garriga––que James G. Blaine, secretario de Estado de los Estados Unidos, le ofreció a Martí el reconocimiento de la beligerancia a favor del Ejército Libertador, del Gobierno de la República en armas, tan pronto como la revolución existiera en toda la isla. De ahí prosiguió––el interés en realizar la invasión, la operación cumbre de la guerra. Nuestros bosques y nuestras montañas––dice–– eran el mejor amparo de los mambises contra un Ejército disciplinado, auxiliado por voluntarios y guerrilleros.

Fuente:
1.- Diario de la Marina, domingo 22 de febrero de 1948.

La muerte de José Martí. Versión de Máximo Gómez.

Posteriormente se supo que Máximo Gómez había declarado a un corresponsal del Heraldo, de Nueva York, que era completamente cierto, la muerte de Martí, ocurrida en una sorpresa de que fue víctima, cuando se dirigía a la costa para embarcarse, por ser necesaria su presencia en el extranjero. Declaró también el generalísimo que con Martí murieron casi todos los que le escoltaban, y que él mismo fue herido y estuvo a punto de caer en poder de las tropas españolas.
A poco de haberse separado Martí de mi—dijo Gómez—oí un nutrido fuego hacia la parte a donde aquel se había dirigido.
Como solo llevaba una pequeña escolta, esperando encontrar a Banderas, o, a Rodríguez, a la primera sospecha de que hubiese podido tener un encuentro con las tropas peninsulares, Borrero se apresuró ir a reunirse con él. Levanté campo apresuradamente y seguí con mi gente a Borrero; pero llegué ya demasiado tarde.
Martí había sido ya muerto y barrida toda la vanguardia de nuestra columna.
El desgraciado Martí cayó en una estrecha quebrada, entre hombres y caballos muertos.
El lugar de la emboscada había sido tan bien escogido, que fue para nosotros un ataque concentrado. Estábamos materialmente envueltos. Yo recibí heridas ligeras al defender con mi cuerpo el cadáver de mi desventurado compañero y por último, un balazo me dejó aturdido, y haciéndome perder el equilibrio, caí al suelo.
Borrero me salvó. Al fin, logramos atravesar las líneas enemigas, y nos retiramos,
dejando en el campo el cadáver de Martí. Repasamos el río descansamos y dimos sepultura a uno de mis ayudantes de campo, lo cual dio motivo a que se hiciera circular el rumor de mi propia muerte.
Nos procuramos medicinas para curar a los heridos, y proseguimos nuestra marcha.
Yo permanecí por aquellos alrededores algunos días, para conferenciar con los jefes que merodeaban por Holguín y las Tunas, hasta que conseguí conferenciar con Antonio Maceo, para mi marcha definitiva al Camagüey.
Fuente:
1.- Cuba española. Reseña histórica de la insurrección cubana en 1895. Emilio Revertér Delmás. Barcelona. 1896. Págs. 347 – 348.

La muerte de José Martí, pintada por los españoles. (Parte VII)

A paso de marcha, caminaba la columna mandada por el coronel señor Sandoval, el día 19 de mayo de 1895, compuesta de fuerzas de caballería del regimiento de Hernán Cortés, conduciendo un convoy desde Palma Soriano a Venta de Casanova (Santiago de Cuba) para la fuerza que guarnecía el fuerte construido en este poblado, cuando de improviso las avanzadas descubrieron un guajiro que al ser intimado para que se detuviera, se dio a la fuga. Perseguido en su carrera por nuestros soldados, que le acosaban a tiros, el campesino se detuvo, y después de suplicar que no le hicieran ningún daño, se entregó.
Registrado convenientemente por el jefe de las avanzadas, se le encontró una cantidad en metálico y algunos documentos. Conducido a presencia del coronel señor Sandoval, este le sujetó al siguiente interrogatorio:
—¿Cómo te llamas? —Carlos Chacón, señor. —¿Que oficio tienes? —Vaquero.
—¿A dónde ibas por aquí? Chacón guardó silencio, negándose a contestar esta última pregunta; pero ante la insistencia del interpelante, comprendió que no tenía más remedio que hablar y confesar la verdad, y exclamó:
—Señor, yo iba a Venta de Casanova a comprar víveres para Máximo Gómez.
—¿Luego, tu eres de la partida? —¡Ay, señor ¡Líbreme Dios de ello! —contestó atolondrado el guajiro. —Entonces, debes ser un espía. —Yo juro a usted, señor—se apresuró a objetar el interpelado—que soy vaquero, como le tengo dicho.
—Pues, ¿a donde ibas y por que has huido al ver a mis soldados? —Yo le diré a usted.
—Ten presente que me has de decir la verdad—le advirtió el coronel.
—La verdad, señor. Me encontraba abrevando el ganado en el río cuando aparecieron Máximo Gómez, Martí y Masó al frente de numerosas fuerzas. Martí me obligó a darle un cántaro de leche que ordeñé a una de mis vacas. Después me dio ese dinero y esos papeles, y entregándome un caballo me ordenó fuese a comprarles víveres al poblado más inmediato. —¿De modo, que quieren víveres? —exclamó el coronel Sandoval —Pues, vamos a llevárselos al momento; guíanos tú, Chacón, y así llegaremos antes.
Chacón palideció, y se puso a temblar como un azogado.
No; porque temió que de haberse negado pudiera sobrevenirle algún daño, y precisamente se hallaba en aquel momento en idéntico caso y en iguales circunstancias. El coronel Sandoval le interrumpió en sus reflexiones, dirigiéndole las siguientes preguntas: —¿Están muy lejos de aquí? —Unas pocas leguas señor. —¿Hacia que lado quedaron? —Cerca de Dos Ríos, a la margen opuesta del Contramaestre. —Pues, en marcha, y guíanos por el camino mas corto.
A la orden del jefe, la columna siguió la marcha, guiada por Chacón, en dirección al sitio donde según éste se encontraban los insurrectos.
La columna iba reforzada por dos compañías de los batallones peninsulares 2º y 9º
Las fuerzas insurrectas estaban formadas por ochocientos hombres a caballo, al mando del generalísimo Gómez y del titulado presidente de la República cubana José Martí, y de los cabecillas Masó, Maestre, Borrero y Estrada. Continuará…/

1.- Cuba española. Reseña histórica de la insurrección cubana en 1895. Emilio Revertér Delmás. Barcelona. 1896. Págs. 323 – 325

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